Izquierda Unida Colmenar Viejo

4ª entrega certamen literario: relato corto hasta 35 años

Posted in IU Colmenar Viejo, Jóvenes by IU Colmenar Viejo on 28 febrero 2010

entrega de premios iu 37

Los premiados en la categoría de Relato Corto hasta 35 años fueron los siguientes:
1º.-“Mañana sin fin”, de Alberto de Frutos Dávalos
2º.-“De mí, vida de demás”, de Aurora del Vigo Cortezón
3º.-“Reflejo”, de Fernando Antequera Sanz

Dejamos aquí la obra ganadora: MAÑANA SIN FIN

Amable Cindón baja al metro a las siete de la mañana. Como todos los veranos, han cortado su línea, y tiene que hacer varios trasbordos para llegar a su destino. Las obras le despluman de media hora de sueño, que trata de compensar echándose una cabezadita en algún asiento del vagón. Claro que asaltar un trono está solo al alcance de los regicidas más expeditivos, sobre todo en hora punta. Mientras desciende las escaleras, Amable se va preparando para soportar una hilera de sobacos, las embestidas de los otros usuarios, las tertulias oníricas e intercambiables que mantienen las parejas de novios o los compañeros de trabajo.

Espera en el andén. Examina los minutos que faltan para que su convoy irrumpa en la estación. Tres. Pero, por arte de magia (“¡de magia negra!”), las espaldas del contador se cargan con otro minuto más: un fardo de sesenta segundos que aviva las protestas del respetable. “Vaya desastre”, musita Amable, quien, a pesar del contratiempo, guarda la compostura, y se repite que ese minuto no va a significar nada: su madre lo seguirá queriendo, el jefe no lo abroncará –porque el jefe siempre llega más tarde que él–, y las estrellas comparecerán con sus vestidos de lentejuelas cuando el sol renuncie a su diurno quehacer de maestro de ceremonias.

Todo será igual por los siglos de los siglos. ¿Qué importa un minuto más, una hora menos? ¿Qué sentido tiene agobiarse por no poder cumplir una tarea a tiempo, o porque una mujer, otra más, lo desaire en la barra de un bar a sus treinta y seis años? ¿Y qué más da si sigue viviendo con su madre en una casa que se cae a pedazos?

Las circunstancias y su cobardía han acabado por desmontar el proyecto de vida que trazó cuando era joven. Después de quince años en la misma empresa, ha logrado reunir unos cuantos ahorros, los suficientes para meterse en un piso modesto y emprender algunas reformas, pero no se atreve a abandonar a su madre en el estado en que se encuentra: la cabeza perdida para todo excepto para recordarle, en sus no tan infrecuentes raptos de lucidez, que su vida es un completo fracaso. Se lo dice porque le quiere… Eso es lo peor.

De sus “objetivos para una vida”, que redactó a los veinte años en una servilleta, solo ha llegado a cumplir el primero: publicar una novela, Mañana sin fin. El resto de propósitos –dar la vuelta al mundo, casarse con una mujer que no envejeciera nunca, tener cuatro hijos, y celebrar sus cumpleaños por todo lo alto… en la azotea de un rascacielos– sigue esperando su oportunidad.

Con los ánimos caldeados y la gélida impaciencia que marchita los rostros, la máquina asoma, al fin, por la boca del túnel y los vagones empiezan a desfilar por la pasarela Hades.

No hay un solo asiento libre, y Amable se resigna a encajar la arcilla de su cuerpo en algún rincón. Pero entonces –oh, milagro–, cuando ya la marea de cabezas, troncos y extremidades inunda la bombonera, un anónimo benefactor, que se ha despistado con su estación, se levanta como un resorte y deja su sitio a Amable, quien, olvidando las más elementales reglas de urbanidad, cierra los ojos para ahorrarse la sombría visión de mujeres embarazadas, ancianos y niños con muletas.

Amable dispone de media hora, antes de su primer trasbordo, para soñar.

A su izquierda, una mujer abre el bolso y saca un libro, camuflado bajo papel de periódico, lo que incomoda a nuestro personaje, que ni se molesta en curiosear su contenido. Si alguna vez lo ha hecho, indefectiblemente se ha decepcionado, al comprobar que las mujeres más hermosas se miran en el espejo de los libros más feos.

El día más feliz de su vida fue aquel en que quedó con su editor en una cafetería de la Avenida X., y se tomaron un chocolate con churros mientras la cigüeña de Navalcarnero –sede de la empresa distribuidora– descargaba los primeros cincuenta ejemplares de Mañana sin fin, la novela en la que había estado trabajando durante los últimos cinco años. Han pasado nueve, y todavía puede recitar las primeras líneas de memoria: “En los tiempos en que yo iba por la vida en pantalones cortos y las estrellas no me parecían tan lejanas, aprendí que la magia no es más que otra forma de llamar a la inocencia”.

A pesar de que su editor le auguró que no tardaría en multiplicar la tirada inicial, de quinientos ejemplares, solo se “colocaron” veinticinco; y, para mayor escarnio, veinte de ellos los compraron sus amigos y familiares.

Su trabajo no había servido para nada. ¿O acaso se equivocaba?

Porque a menudo se dejaba tocar por la esperanza, preguntándose por los cinco ignorados destinatarios de Mañana sin fin: qué pensarían de ese canto a la vida por el que su pluma había hecho transitar sus primeros veranos –la tozudez de su padre, que tras cada infarto aumentaba su ración diaria de cigarrillos, el desesperante amor de su madre, que ya entonces lo desazonaba y al que nunca supo corresponder…

Amable abre primero un ojo y luego el otro. El metro avanza en la mañana por un túnel donde siempre es de noche. El vagón se ha quedado casi vacío en la estación de Juan Caramuel, que precede a la suya. “Hay que ir estirando las piernas”, se dice.

Se levanta y se acerca a la puerta. Una mujer, que ha permanecido al lado de Amable todo el trayecto, se aproxima también y pellizca el artilugio que habilita su apertura. Tiene los ojos llorosos. Ha estado leyendo un libro hermosísimo, una historia inolvidable sobre un muchacho lleno de sueños y esperanzas, que, en los veranos de su niñez, inventó un mundo a su medida. Una madre y sus dos hijos se levantan a su vez, y la mujer farfulla a los pequeños: “Mirad, ahí está el hombre malo”, pues ha reconocido en él al mezquino que se hizo el distraído para no cederles su asiento media hora antes.

Amable lo oye, pero desatiende el agravio. Ve la luz al final del túnel. Se adelanta a la mujer y a la familia, y camina mecánicamente hacia el pasillo que le conducirá a la estación de su primer trasbordo.

Aún le queda un buen rato para fichar en el control de horarios.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: